¡Sorpresa!

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¡Sorpresa!

Esto es lo que gritó mi novio cuando llegamos. Me había llevado al Santuario de Santa María de Lluch, en Alzira. Era una historia muy larga…

Todo empezó hace unos dos años. Estábamos sentados en un parque a las afueras del pueblo cuando me señaló aquel punto de luz en el cielo oscuro. Sabíamos que se trataba de algún lugar situado por la zona de Alzira y pensamos que teníamos que ir algún día. Nuestros planes de domingo solían girar entorno a aquel secreto lugar, y muchos fueron los intentos de llegar, pero nunca conseguíamos saber dónde se encontraba exactamente. Así que después de tantos fracasos dejamos su contemplación a las noches en aquel frío parque, recordando nuestras tardes como aventureros.

Pasó mucho tiempo, y llegó el pasado sábado 1 de diciembre. Habíamos quedado para ir de compras a Alzira, así que con la escusa de llegar antes al centro comercial se metió por un empinado camino. Yo extrañada le preguntaba quien le había enseñado tal camino, y él atribuía la novedad a su padre. Pero pasamos ante una indicación, y yo, que ya me olía algo, empecé a preguntarle si me iba a llevar ahí, a lo que él contestó con numerosas negaciones. Sin embargo, después de subir la carretera que bordeaba aquel lugar llegamos ante aquella tremenda edificación, algo que sin duda confirmó mis sospechas.

Aquel santuario brillaba por si mismo, y, destacado entre aquellos árboles, parecía acariciar el cielo. La sensación de llegar allí sin esperarlo, de haber conquistado por fin aquel lugar no la olvidaré nunca.

Tampoco hay que olvidar que las grandes sorpresas se dan en grandes lugares, y, cómo no, en gran compañía.